
España, 1972. Dirección: Carlos Saura. Guión: Carlos Saura y Rafael Azcona. Fotografía: Luis Cuadrado. Música: Luis de Pablo. Montaje: Pablo García del Amo.
Interpretación: Geraldine Chaplin, Fernando Fernán Gómez, José María Prada, Rafaela Aparicio, José Vivó y Charo Soriano.
El lobo mensajero.
Es indiscutible la figura de Carlos Saura dentro del panorama cinematográfico español. Con títulos como La caza (1965)¸ Cría Cuervos (1975) o Elisa, vida mía (1977), su saber hacer, su ideología y su profesionalidad queda patente. Este film, Ana y los lobos se puede considerar como un intento de escapar del régimen franquista de antaño, así como de la censura del momento. No es más que un mensaje cifrado de una sociedad que, impaciente, espera próximos cambios; y en ello, Carlos Saura es simplemente el mensajero.
En Ana y los lobos, vislumbramos una estupenda relación con el productor, Elías Querejeta, con el que le une la colaboración en varios títulos. Su relación comenzó con La caza, con la que conseguirá el Oso de Plata en el Festival de Berlín de 1965. A pesar de su intención críptica, resulta sorprendente que esta película superara la barrera censora sin dificultad, dada la claridad del mensaje crítico encubierto bajo el velo de una retórica profusa en recursos metafóricos, elípticos y alegóricos.
En dicho Festival de Berlín, conocerá también a Geraldine Chaplin, hija de uno de los más ilustres e importantes creadores de cine, Charles Chaplin, que se convertirá pronto en su inspiración, creando películas con el personaje que terminaría interpretando Geraldine ya cerrado. Es decir, que escribía el guión de las películas con un papel para ella.
Notable la presencia de Rafael Azcona como co-guionista, destacando su famosa ironía y sus personajes esperpénticos.
Lobos con piel de cordero
Ana, institutriz extranjera, llega a un caserón aislado en la soledad del campo para hacerse cargo de la educación de las niñas de la familia. Ana comienza a descubrir las verdaderas identidades de cada uno de los miembros de la casa. De personajes mínimos y tan sólo dos espacios, uno interior y otro exterior, Saura consigue entablar una relación con el contexto social y político en el que se realiza el film. Y Ana será ese aire nuevo que entra en la casa, y con el que no todos los miembros están de acuerdo.
Me van a perdonar la comparación, pero desde el primer momento que disfruté de este film, Los otros, de Alejandro Amenábar, me vino a la mente. No es que Amenábar metaforice con el franquismo, pero sus espacios y su protagonista se me asemejan. Y por un momento esperaba que Ana realmente estuviera muerta, o sería la única viva en esa casa de muertos. Cierto es, puestos a comparar, que Saura consigue el suspense sin usar la oscuridad, o planos desconcertantes, o música extradiegética espectacular. Simplemente se nos planta sincero, tal y como es, llegando del desconocimiento, de las entrañas de una realidad que consigue envolvernos.
Lobos hambrientos ante su presa
El film es una clara metáfora de la realidad franquista, cine “metafórico” al que Carlos Saura era muy aficionado, como se puede observar en La caza. En Ana y los lobos encontramos, tanto en los espacios como en los personajes, metáforas claras, como hemos explicado. Por ejemplo, la casa, enorme, antigua, con muchas habitaciones, es, sin lugar a dudas, España. Además, su situación en el bosque representa la España profunda, la castellana, la España en la que se asentó el régimen franquista. A esta casa, a esta España, llega Ana, una chica de otra cultura, que no conoce la vida en esa casa, por lo tanto, las normas de ese país. Para mí es la ráfaga de aire nuevo que debe entrar en el país: una persona que conoce el mundo, de mente abierta y que despierta al español aletargado.
En esa casa se encuentran los personajes con los que Ana tiene que convivir. A su vez, cada personaje, recreará un espacio diferente dentro de la casa, y por lo tanto dentro de la España con la que la hemos comparado. Es, por tanto, que encontramos en los personajes las distintas figuras de la Iglesia, representada por Fernando; el ejército o la represión militar, representada por José; y la represión sexual, representada por Juan. Estos son los tres lobos del régimen, amamantados aún por la loba madre, que podría representar la figura de Franco. La relación entre los tres lobos, representa a su vez la relación entre los distintos pilares del régimen franquista.
Encontramos un parecido con la colombiana La mansión de Araucaima (1986), de Carlos Mayolo, en la que la mansión, un lugar que parece anclado en el tiempo, se convierte en un lugar en el que sus habitantes se encuentran atrapados en sus temores y sus deprimidos temores. Este lugar es como un ente capaz de sacar de quienes lo habitan sus instintos más primitivos.
Afilando los colmillos
Fernando (Fernando Fernán Gómez) es el preferido de la madre. Representante de la Iglesia del régimen franquista es un buscador insaciable de Dios, y así se presenta ante Ana, que casi queda cautivada ante su verdad, su humildad y su supuesta inocencia. Éste decide vivir en una cueva, asemejándose a un hedemita purificado que “se pone de rodillas, cien años de rodillas, que renuncia a todo. Se consagra a la meditación y a la penitencia. Se purifica”. Para purificarse, pierde a la familia, a los amigos y la hacienda, incluso modifica su hábitat: una cueva oscura, sin apenas luz, la pinta de blanco, símbolo de la pureza. Renuncia a la vida, y la feminidad es parte de la vida. Para muchos pintores y escritores antiguos, la parte más femenina de la mujer es el pelo, por lo tanto, Fernando, o en su defecto, la Iglesia, tiene una clara obsesión con el pelo de Ana.
Incluso el espectador ve por los ojos de Fernando, es capaz de adentrarse en lo más profundo de la Iglesia en un momento de la película, es un simple plano en el que se ve como José monta a caballo, vestido con un traje militar; como la madre es paseada en trono, cual virgen adorada por sus feligreses; Juan y Ana flirtean como adolescentes; las niñas simplemente juegan mientras la madre, Luchy, da vueltas sin sentido con aspecto de preocupación. Este plano encierra la realidad política y social de España: de imposturas, de mentira, de formas y apariencias.
José (José María de Prada) representa el autoritarismo militar. Es el “representante del orden familiar. El pater familias”. Lo único importante para él es su propio museo militar, donde guarda trajes, armas y reliquias que rememoran batallas pasadas. Quizás su unión a los trajes militares viene unida a un trauma infantil que pronto nos revela la madre: hasta que hizo la Primera Comunión vistió como una niña. Quizás sea una forma de confirmar su dudosa masculinidad. Además, el poder de censura se hace patente en este personaje en cuanto abre las cartas que recibe Ana.
Juan (José Vivó) es el claro representante del deseo, de la represión sexual. Tiene la “cabeza llena de semen”, y Ana se convierte en su obsesión. Con una salita, convertida en centro de reuniones y visionados lujuriosos, Juan comienza a mandar cartas eróticas, sin remitente aparente, a Ana. Aún siendo el padre de las niñas, y estar casado con Luchy, está dispuesto a renunciar a todo por una simple noche con Ana.
La madre (Rafaela Aparicio) podría ser la representante del régimen franquista, particularmente del General Franco. Es ella, pese a sus supuestos dolores y desmayos, quien manda y dirige a su antojo, quien “amamanta” a sus hijos, con “la leche que aún le sube”. Quizás sea una figura metafórica del caudillo, que ordenaba a la milicia, alababa a la Iglesia y reprimía algunos deseos carnales.
Luchy (Charo Soriana) simplemente es y está. Es la mujer conformista que aguanta las mentiras y traiciones de su esposo, Juan. Mientras que las tres niñas, el motivo por el que Ana está en esa casa, sólo juegan y cantan, aunque quizás en algunos momentos copien costumbres y realidades de los mayores de la casa. Repiten comportamientos y modelos, e incluso permanecen impasibles ante los ataques de la abuela. En realidad las niñas tienen la clave de todo el film, con sus preguntas y sus actos. Además, lo acontecido a su muñeca, Dolly, torturada y con el pelo cortado, es un augurio de lo que pronto le ocurrirá a Ana.
Ana (Geraldine Chaplin) puede ser vista con una doble interpretación. Por un lado, podría ser la representante de los españoles de a pie, sin oficio ni beneficio, que se ve, sin comerlo ni beberlo, metida en los entramados de una casa. No es necesaria su muerte final. Es, creo, un final ficticio, una muerte casi surrealista ya que con su simple estancia ya era una muerta en vida. Y por otro lado, podría ser la representante, como ya he dicho, de ese aire nuevo que España espera y necesita, y que es odiado y repudiado por muchos.
Ana vive, como puede, intentando realizar todo lo que sus “señores” le mandan. Pero pronto, Ana será defraudada por los tres lobos: no quiere dar su pelo a Fernando, no quiere complacer los deseos de Juan y no quiere ser otro trofeo para el museo de José; así que es despedida, siempre bajo la orden de la madre. En su marcha, Ana es capturada, en mitad del campo, cual cervatillo es cazado por una manada de lobos. Y así, cada uno complace sus deseos más ardientes: Juan consigue violarla ante la atenta mirada de sus hermanos; Fernando le corta el pelo, pese a las amargas lágrimas de la protagonista; y José la mata sin piedad vestido de militar…
Más allá de los lobos
En un análisis un poco más formal, podemos observar la iluminación. Los claro-oscuros son constantes a lo largo de todo el film. De hecho, el primero lo observamos después del primer “acoso” de José, tras pedirle el pasaporte. Ana se asoma al balcón, y con un claro contraluz, observa como las niñas juegan en el patio de la casa. Es una representación clara de la represión dentro de la casa y la libertad fuera de ella. Ese momento se puede considerar casi celestial, por lo que Luis Cuadrado consigue que visualicemos un hilo de esperanza en Ana.
La música la encontramos tanto diegética como extradiegética. Aunque hay tres canciones destacables a lo largo de todo el film. La marcha militar que acompaña a José en su museo; la música eclesiástica, que roza lo celestial, que acompaña a Fernando en sus momentos más surrealistas; y la música suave y sensual que acompaña a Ana.
Son muchos los recursos utilizados por Saura en esta película, como la religión, la familia, el sexo, la muerte o la infancia pero no son recursos sólo utilizados en Ana y los lobos, ya que Saura los ha ido utilizando a lo largo de toda filmografía. Por ejemplo, en Goya en Burdeos (1999), en la que Francisco de Goya, exiliado en Burdeos, reconstruye para su hija los acontecimientos que marcaron su vida.
Con sencillez narrativa y tiempo claramente lineal (comienza con la llegada de Ana y termina con su partida y consecuente muerte), la importancia recae sobre los protagonistas, y sobre todo en los diálogos, cargados de pistas y metáforas para ver el film más allá de una simple obra audiovisual.
Ana y los lobos se puede considerar desoladora, representante de un lugar en la España de anataño en la que la contracultura no tenía cabida, con siempre la palabra “miedo” en mente, miedo al cambio, al progreso.

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