jueves, 7 de mayo de 2009

Ana y los Lobos. Saura 1972. La dictadura de una manada.




España, 1972. Dirección: Carlos Saura. Guión: Carlos Saura y Rafael Azcona. Fotografía: Luis Cuadrado. Música: Luis de Pablo. Montaje: Pablo García del Amo.
Interpretación: Geraldine Chaplin, Fernando Fernán Gómez, José María Prada, Rafaela Aparicio, José Vivó y Charo Soriano.


El lobo mensajero.



Es indiscutible la figura de Carlos Saura dentro del panorama cinematográfico español. Con títulos como La caza (1965)¸ Cría Cuervos (1975) o Elisa, vida mía (1977), su saber hacer, su ideología y su profesionalidad queda patente. Este film, Ana y los lobos se puede considerar como un intento de escapar del régimen franquista de antaño, así como de la censura del momento. No es más que un mensaje cifrado de una sociedad que, impaciente, espera próximos cambios; y en ello, Carlos Saura es simplemente el mensajero.

En Ana y los lobos, vislumbramos una estupenda relación con el productor, Elías Querejeta, con el que le une la colaboración en varios títulos. Su relación comenzó con La caza, con la que conseguirá el Oso de Plata en el Festival de Berlín de 1965. A pesar de su intención críptica, resulta sorprendente que esta película superara la barrera censora sin dificultad, dada la claridad del mensaje crítico encubierto bajo el velo de una retórica profusa en recursos metafóricos, elípticos y alegóricos.
En dicho Festival de Berlín, conocerá también a Geraldine Chaplin, hija de uno de los más ilustres e importantes creadores de cine, Charles Chaplin, que se convertirá pronto en su inspiración, creando películas con el personaje que terminaría interpretando Geraldine ya cerrado. Es decir, que escribía el guión de las películas con un papel para ella.
Notable la presencia de Rafael Azcona como co-guionista, destacando su famosa ironía y sus personajes esperpénticos.

Lobos con piel de cordero

Ana, institutriz extranjera, llega a un caserón aislado en la soledad del campo para hacerse cargo de la educación de las niñas de la familia. Ana comienza a descubrir las verdaderas identidades de cada uno de los miembros de la casa. De personajes mínimos y tan sólo dos espacios, uno interior y otro exterior, Saura consigue entablar una relación con el contexto social y político en el que se realiza el film. Y Ana será ese aire nuevo que entra en la casa, y con el que no todos los miembros están de acuerdo.
Me van a perdonar la comparación, pero desde el primer momento que disfruté de este film, Los otros, de Alejandro Amenábar, me vino a la mente. No es que Amenábar metaforice con el franquismo, pero sus espacios y su protagonista se me asemejan. Y por un momento esperaba que Ana realmente estuviera muerta, o sería la única viva en esa casa de muertos. Cierto es, puestos a comparar, que Saura consigue el suspense sin usar la oscuridad, o planos desconcertantes, o música extradiegética espectacular. Simplemente se nos planta sincero, tal y como es, llegando del desconocimiento, de las entrañas de una realidad que consigue envolvernos.

Lobos hambrientos ante su presa

El film es una clara metáfora de la realidad franquista, cine “metafórico” al que Carlos Saura era muy aficionado, como se puede observar en La caza. En Ana y los lobos encontramos, tanto en los espacios como en los personajes, metáforas claras, como hemos explicado. Por ejemplo, la casa, enorme, antigua, con muchas habitaciones, es, sin lugar a dudas, España. Además, su situación en el bosque representa la España profunda, la castellana, la España en la que se asentó el régimen franquista. A esta casa, a esta España, llega Ana, una chica de otra cultura, que no conoce la vida en esa casa, por lo tanto, las normas de ese país. Para mí es la ráfaga de aire nuevo que debe entrar en el país: una persona que conoce el mundo, de mente abierta y que despierta al español aletargado.

En esa casa se encuentran los personajes con los que Ana tiene que convivir. A su vez, cada personaje, recreará un espacio diferente dentro de la casa, y por lo tanto dentro de la España con la que la hemos comparado. Es, por tanto, que encontramos en los personajes las distintas figuras de la Iglesia, representada por Fernando; el ejército o la represión militar, representada por José; y la represión sexual, representada por Juan. Estos son los tres lobos del régimen, amamantados aún por la loba madre, que podría representar la figura de Franco. La relación entre los tres lobos, representa a su vez la relación entre los distintos pilares del régimen franquista.

Encontramos un parecido con la colombiana La mansión de Araucaima (1986), de Carlos Mayolo, en la que la mansión, un lugar que parece anclado en el tiempo, se convierte en un lugar en el que sus habitantes se encuentran atrapados en sus temores y sus deprimidos temores. Este lugar es como un ente capaz de sacar de quienes lo habitan sus instintos más primitivos.

Afilando los colmillos

Fernando (Fernando Fernán Gómez) es el preferido de la madre. Representante de la Iglesia del régimen franquista es un buscador insaciable de Dios, y así se presenta ante Ana, que casi queda cautivada ante su verdad, su humildad y su supuesta inocencia. Éste decide vivir en una cueva, asemejándose a un hedemita purificado que “se pone de rodillas, cien años de rodillas, que renuncia a todo. Se consagra a la meditación y a la penitencia. Se purifica”. Para purificarse, pierde a la familia, a los amigos y la hacienda, incluso modifica su hábitat: una cueva oscura, sin apenas luz, la pinta de blanco, símbolo de la pureza. Renuncia a la vida, y la feminidad es parte de la vida. Para muchos pintores y escritores antiguos, la parte más femenina de la mujer es el pelo, por lo tanto, Fernando, o en su defecto, la Iglesia, tiene una clara obsesión con el pelo de Ana.

Incluso el espectador ve por los ojos de Fernando, es capaz de adentrarse en lo más profundo de la Iglesia en un momento de la película, es un simple plano en el que se ve como José monta a caballo, vestido con un traje militar; como la madre es paseada en trono, cual virgen adorada por sus feligreses; Juan y Ana flirtean como adolescentes; las niñas simplemente juegan mientras la madre, Luchy, da vueltas sin sentido con aspecto de preocupación. Este plano encierra la realidad política y social de España: de imposturas, de mentira, de formas y apariencias.

José (José María de Prada) representa el autoritarismo militar. Es el “representante del orden familiar. El pater familias”. Lo único importante para él es su propio museo militar, donde guarda trajes, armas y reliquias que rememoran batallas pasadas. Quizás su unión a los trajes militares viene unida a un trauma infantil que pronto nos revela la madre: hasta que hizo la Primera Comunión vistió como una niña. Quizás sea una forma de confirmar su dudosa masculinidad. Además, el poder de censura se hace patente en este personaje en cuanto abre las cartas que recibe Ana.

Juan (José Vivó) es el claro representante del deseo, de la represión sexual. Tiene la “cabeza llena de semen”, y Ana se convierte en su obsesión. Con una salita, convertida en centro de reuniones y visionados lujuriosos, Juan comienza a mandar cartas eróticas, sin remitente aparente, a Ana. Aún siendo el padre de las niñas, y estar casado con Luchy, está dispuesto a renunciar a todo por una simple noche con Ana.

La madre (Rafaela Aparicio) podría ser la representante del régimen franquista, particularmente del General Franco. Es ella, pese a sus supuestos dolores y desmayos, quien manda y dirige a su antojo, quien “amamanta” a sus hijos, con “la leche que aún le sube”. Quizás sea una figura metafórica del caudillo, que ordenaba a la milicia, alababa a la Iglesia y reprimía algunos deseos carnales.

Luchy (Charo Soriana) simplemente es y está. Es la mujer conformista que aguanta las mentiras y traiciones de su esposo, Juan. Mientras que las tres niñas, el motivo por el que Ana está en esa casa, sólo juegan y cantan, aunque quizás en algunos momentos copien costumbres y realidades de los mayores de la casa. Repiten comportamientos y modelos, e incluso permanecen impasibles ante los ataques de la abuela. En realidad las niñas tienen la clave de todo el film, con sus preguntas y sus actos. Además, lo acontecido a su muñeca, Dolly, torturada y con el pelo cortado, es un augurio de lo que pronto le ocurrirá a Ana.

Ana (Geraldine Chaplin) puede ser vista con una doble interpretación. Por un lado, podría ser la representante de los españoles de a pie, sin oficio ni beneficio, que se ve, sin comerlo ni beberlo, metida en los entramados de una casa. No es necesaria su muerte final. Es, creo, un final ficticio, una muerte casi surrealista ya que con su simple estancia ya era una muerta en vida. Y por otro lado, podría ser la representante, como ya he dicho, de ese aire nuevo que España espera y necesita, y que es odiado y repudiado por muchos.
Ana vive, como puede, intentando realizar todo lo que sus “señores” le mandan. Pero pronto, Ana será defraudada por los tres lobos: no quiere dar su pelo a Fernando, no quiere complacer los deseos de Juan y no quiere ser otro trofeo para el museo de José; así que es despedida, siempre bajo la orden de la madre. En su marcha, Ana es capturada, en mitad del campo, cual cervatillo es cazado por una manada de lobos. Y así, cada uno complace sus deseos más ardientes: Juan consigue violarla ante la atenta mirada de sus hermanos; Fernando le corta el pelo, pese a las amargas lágrimas de la protagonista; y José la mata sin piedad vestido de militar…

Más allá de los lobos

En un análisis un poco más formal, podemos observar la iluminación. Los claro-oscuros son constantes a lo largo de todo el film. De hecho, el primero lo observamos después del primer “acoso” de José, tras pedirle el pasaporte. Ana se asoma al balcón, y con un claro contraluz, observa como las niñas juegan en el patio de la casa. Es una representación clara de la represión dentro de la casa y la libertad fuera de ella. Ese momento se puede considerar casi celestial, por lo que Luis Cuadrado consigue que visualicemos un hilo de esperanza en Ana.

La música la encontramos tanto diegética como extradiegética. Aunque hay tres canciones destacables a lo largo de todo el film. La marcha militar que acompaña a José en su museo; la música eclesiástica, que roza lo celestial, que acompaña a Fernando en sus momentos más surrealistas; y la música suave y sensual que acompaña a Ana.

Son muchos los recursos utilizados por Saura en esta película, como la religión, la familia, el sexo, la muerte o la infancia pero no son recursos sólo utilizados en Ana y los lobos, ya que Saura los ha ido utilizando a lo largo de toda filmografía. Por ejemplo, en Goya en Burdeos (1999), en la que Francisco de Goya, exiliado en Burdeos, reconstruye para su hija los acontecimientos que marcaron su vida.

Con sencillez narrativa y tiempo claramente lineal (comienza con la llegada de Ana y termina con su partida y consecuente muerte), la importancia recae sobre los protagonistas, y sobre todo en los diálogos, cargados de pistas y metáforas para ver el film más allá de una simple obra audiovisual.

Ana y los lobos se puede considerar desoladora, representante de un lugar en la España de anataño en la que la contracultura no tenía cabida, con siempre la palabra “miedo” en mente, miedo al cambio, al progreso.

jueves, 19 de marzo de 2009

Gran Torino Deportivo Modelo 1972


Pese a las pocas críticas que llevo a las espaldas, he descubierto lo difícil que es criticar. No hablo de criticar por criticar, sino de hacerlo con conocimiento de causa, y quizás también de efectos.

Uno se planta ante una película como Gran Torino y no tiene más remedio que sucumbir a los encantos de la historia, del personaje y de la estética fílmica. He de reconocer que siempre me ha gustado más como actor que como director, con sus cerca de setenta actuaciones en algunas de las películas que marcan y dirigen la historia del cine, pero con Gran Torinose tiene la oportunidad de ver al Eastwood director, y al Eastwood actor. Además, en él, y es una opinión, convergen muchas sentencias pero que, en la mayoría de ocasiones, se resumen en dos: o te gusta o no, pero nunca te deja indiferente.

En este film, no en vano, se podría definir como una autobiografía fílmica, de los personajes que Eastwood ha ido encarnando a lo largo de toda su carrera. Desde su propio estereotipo de hombre tosco, rígido y políticamente incorrecto, hasta su concepción del cine como discurso narrativo humilde, presto, virtuoso, perceptivo o reivindicativo.

Walt Kowalski, el protagonista del film, es un jubilado de la empresa Ford y un veterano de la Guerra de Corea que vive en un barrio repleto de inmigrantes. Tras el funeral de la esposa, se nos presenta a un cascarrabias Kowalski, desconforme con el sacerdote que ha oficiado el funeral, con sus hijos y sus nietos. Para más inri, tiene que convivir con unos vecinos algo especiales para una mente arcaica y retrograda de un combatiente: de origen Hmong, donde Thao será parte fundamental en la historia. Éste, persuadido por su primo, jefe de una pandilla, intentará robar el Gran Torino Deportivo Modelo 1972 que Kowalski guarda como su bien más preciado. Después de varios intentos de robar el coche, Thao se niega a intentarlo de nuevo, algo que no gusta a los pandilleros y comienzan a golpearle. Pero el cascarrabias y grosero Kowalski estará ahí para salvar la honradez, y los dientes, del chico. Seguramente, Kowalski se arrepintió de por vida de esa defensa, porque debido a ello empezó a ser agasajado por toda una tribu Hmong, con regalos y comida de todo tipo, que el héroe no tendrá ni tiempo ni ganas de comer.

Junto con su hermana Sue, Thao comenzará a intimar con Kowalski, creándose un vínculo casi inquebrantable que podría rozar la amistad. La pandilla vuelve a atacar a Thao, e incluso a violar a Sue. Y Kowalski vuelve a actuar, presentándose en casa de los pandilleros, amenazantes. Y mientras él, poco a poco, saca de su chaqueta un mechero, los pandilleros lo acribillan a balazos creyendo que es una pistola.
La historia finaliza con la lectura del testamento, que sorprende a todos los presentes: todo su dinero va para la Iglesia, y su hijo inertesu pequeño Gran Torino es para Thao.

La historia gusta y atrae, con un final que le quebraría la cabeza al propio Sergio Leone, que nunca hubiera dejado morir a su Joe de Por un puñado de dólares. Pero pese a ello, reconozco algunas pinceladas del cine western de Leone, un western sin pistolas y sin espuelas, ya que Eastwood se las devolvió a Leone antes de que éste muriera. También es cierto, que este Kowalski tiene pinceladas de un Robert Kincaid, en Los puentes de Madison, y del madero Callahan, en Harry el sucio. Así, queda defendida la anterior idea de que este personaje creado por y para el propio Eastwood, aglutina algunos de los personajes que más le hicieron destacar en su carrera y por los que más es recordado.

Centrándome en un punto de vista narrativo, y formal, esta sencilla historia se presenta con una linealidad temporal, con una gran realización y un inmejorable montaje. Gran Torino se presenta como una historia sencilla, sin muchos adornos y diálogos sencillos. Destaco el papel de la banda sonora, que consigue los efectos esperados, alabando, el tema principal Gran Torino, compuesta por el propio director. Así mismo, puesto a criticar, critico el pésimo trabajo de doblaje, que aunque se desvincule de este análisis formal y narrativo del film, en muchas ocasiones ensombrece alguna que otra actuación que podría ser estelar. Y sí, es una pena que todo sea eclipsado por un bajo presupuesto para el doblaje en español. Habrá que confiar en que el director, productor, actor y músico Eastwood no sepa español.

Un humor muy americano ameniza la obra, recalcando los esputos de Eastwood y de la abuela de Thao; y los apelativos que nuestro protagonista otorga a los "rollitos de primavera", utilizando estereotipos conocidos por todos en la calle en referencia a las personas de origen china. "AtonThao" y "Yogur" te obligan a sonreír...

Destacables son los choques culturales que contiene el film. Kowalski no cree en la Iglesia ni defiende la inmigración. Pero, con el paso del tiempo, pese a creer que su sabiduría y sus creencias tendrían que ser universales, va descubriendo que ni la Iglesia es tan mala, ni la inmigración tan innecesaria. Así, después de un comienzo con un no disimulado rechazo a amabas partes, termina sucumbiendo a sus más ocultas nuevas creencias dejando todo lo que tenía a sus viejos incomprendidos.

Por último, este film, Gran Torino, sugiere una lógica evolución de las constantes de una trayectoria que lleva ejerciendo sobre sí mismo el derecho a la autocrítica. Es posible que no sea la mejor obra de Eastwood, pero sí la única que reúne muchas situaciones ya vividas por alguno de sus personajes. Es un mix de todas sus obras. Así que como dijo Kincaid en Los puentes de Madison, "Sólo lo diré una vez. No lo había dicho nunca antes, pero esta clase de certeza sólo se presenta una vez en la vida"… Hay que verla.

...The Censor...


Joaquín Asencio, en su primer cortometraje, realiza una labor de guión y realización fantástica. El Censor (The Censor) nos muestra una cara poco conocida del franquismo, y posterior muerte de Franco, y del cine. Un joven, Paco, trabaja de censor, eliminando aquellas partes de los films que no pasaban la censura. Con la muerte del General Franco, la censura desaparece y Paco tiene que cruzar el charco para poder seguir ganándose la vida en un trabajo relacionado con el cine.



El guión, del mismo director junto con Mathew Wolpert, es interesante. Escrito entre inglés y español, me parece un acierto mantener el cortometraje en su versión original, con subtítulos. La realización es sencilla, pero efectiva, aunque arriesga muy poco en algunas escenas que podrían tener más interés, con planos fijos cuando se permitirían travelling, o incluso leves “zooms”.



El elenco es desconocido, simples amateurs que no consiguen convencer a la cámara, ni mucho menos al espectador. Quizás un fallo de casting que, en mi opinión, queda solapado por la banda sonora de Steven Cook, que, con tan sólo cuatro instrumentos, consigue realizar una música muy apta y muy adecuada para la historia y para la época en la que se desarrolla.


martes, 3 de marzo de 2009

Esto no es lo que era

Considerada por muchos como una radiografía social desde el extrarradio, ‘Esto no es lo que era’, muestra las divagaciones sobre el mundo, lo humano y lo divino a través de la visión propia de dos característicos ‘canis’ sevillanos, carne de presidio. Se puede considerar como una historia, que nos hace reír con un retrato surrealista de una generación de jóvenes sin oficio ni beneficio. Con bajo presupuesto, por no decir escaso, su director, Alfonso Sánchez, protagonista a su vez de la historia (el chico sin gorra), demuestra que con muy poco se puede mostrar mucho.

Mala iluminación y realización pésima que otorgan a la historia cierto realismo, acentuado por una buena elaboración de guión y gran interpretación de los actores. Frescura y descaro mezclados que evidencian las carencias de otros artefactos más lujosos.

Quizás el director busca la risa fácil, usa unos temas de conversación fuera de contexto que resultan atrayentes en el espectador o cuestiona el mundo actual en boca de dos chicos que oyen campanas y no saben dónde. Pero, ¿no os ha interesado nunca saber de qué hablan los ‘canis’ en la intimidad? Quizás la respuesta la encontramos en este cortometraje.

viernes, 27 de febrero de 2009

De prueba...

Blog creado. Comenzaré en breve a colgar críticas cinematográficas para el disfrute de aquéllos que quieran participar.